Empecé con 4 años en la gimnasia artística, desde los dos llevo el ritmo por las venas, mi madre narra que me expresaba y sentía cada nota haciendo su diferencia. Siendo adolescente me dediqué a bailar y bailar por todas las pistas, algo que cambió en mí fué conocer el yoga en el 97, la sutilidad, la energía.  Me orienté a lo más espiritual y menos conocido en aquella época y creó en mí unas bases. Estudié integración social e hice mis prácticas en un centro que trabaja con personas de otras capacidades, danza teatro y maquillaje, el psicoballet de Maite león.

 

En los cursos de formación a profesores de yoga yo improvisaba cuentos danzados. Tenían su mensaje y las maestras me comentaron que había un formación de 3 años en zaragoza, danzaterapia. Allí me fuí a vivir, trabajar en todo lo que salía y formarme. Gran proceso personal, donde los años y la falta de experiencia se notan. Ahí está mi base del abordaje en la escucha y trato…pero algo no me cuadraba, mi ímpetu y energía diferente. Encontré en las calles lo que era la danza africana esa música llena de potencia, intensidad, la que yo sentía. Unir ambas danzas en mi vida fue la síntesis.

 

Me encantó dar clases a todo tipo de personas, edades, condiciones, y en ese pulsar vida me pulso el latir materno. Fuí madre y esa experiencia cambio mi vida y el concepto. Entendí esa entrega absoluta, el perderse, el resurgir y me quise asentar  dándome espacio para mí en otra formación como PCI (Proceso Corporal Integrativo). Un remover cimientos y asentar realidades.

 

Un bagaje de búsquedas, con muchas técnicas probadas…pero la mayor fué el catalizar lo que vivo… y escuchar cómo se vive, equilibrando e integrando. Lo llamo Danza instintiva por mi cualidad de mi intuición conectada al instinto…salimos de un incendio y mi instinto sintió que cambió de dirección, como un animal que siente y sabe. Pues eso hago lo que sé que mi alma sabe, acompañar, inspirar y potenciar, dazas que nacen del alma.

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